martes, 30 de julio de 2013

Hablando sobre la vida, las relaciones entre las personas y los cambios en general con alguien que sabe bastante más que tú, no solo por la experiencia acumulada de los años, sino tanto más por una visión clara y equilibrada de las cosas que la ha acompañado siempre—o al menos desde que la conozco, lo que es ya más que mucho tiempo—puedo concluir que, aunque no sé bien que nos espera más adelante,la previsión no es muy alentadora.

Hemos perdido, o hemos dejado de valorar, el alcance y la importancia que tienen los vínculos realmente fuertes si los establecemos con los demás; y ya no nos importa conocer y desconocer a un ritmo vertiginoso, más bien interpretamos que ese es uno de los alicientes de esta vida que se nos presenta: el “conectarnos” a los demás, el llegar a tanta gente como podamos—lo que sin tener más tiempo del que teníamos no es otra cosa que alcanzar a esa gente apenas rozándola, de forma superficial—. Tenemos prisa. Una prisa acojonante, tremenda, irrefrenable y que no termina, que no se agota. Somos la era de la interconexión, del clic o de cómo un icono puede comunicar partes opuestas del planeta, de cómo un gesto hace viable conocerlo todo ya, ahora. Y somos impacientes. Y nuestro tiempo es preciado y no nos gusta ni aguardar por el reloj cuando procesa la BlackBerry. Pero a la vez lo perdemos vilmente, porque esta interconexión continua y constante nos hace esclavos y encima esclavos voluntarios—me sumo al grupo, he aquí una más—, y dilapidamos el tiempo donde un día hubo acción en pasarlo frente a pantallas que actúan por nosotros para mostrarnos qué hace el resto de la gente que pasa el tiempo frente a pantallas, o qué opinan o qué foto tomaron la última vez que estuvieron haciendo realmente algo o qué ingeniosa broma, acción altruista, noticia impactante o comentario con amigos quieren compartir.


Y entonces, y a lo que quería ir en un principio, todo esto que es sí, la vida de hoy, cosas cotidianas, algo natural del siglo XXI…tiene su efecto en los límites, las oportunidades y los planes que vislumbra nuestra mente. Porque ahora, el conocimiento—de información y de personas—es ilimitado y está a un clic, tan cercano como ineludible; todo el mundo tiene opción a disfrutarlo y todo el mundo se planea haciéndolo y sacando provecho de ello, de lo bueno y maravilloso que es llegar a tanto y tantos de forma tan fácil y rápida. 

Pero apenas nos rozamos. Apenas detenemos el ritmo para eso que de forma tan despreocupada catalogamos ahora como “conocer”. Quien era alguien importante para ti ayer, meses después es un cordial saludo al cruzarte por la calle. Si acaso. Las relaciones se multiplican exponencialmente, pero se divide su trascendencia, los efectos que dejan en nosotros y los planes que tenemos para ellas. Ahora parece que vayamos a ser “rolletes” adolescentes hasta el final de los tiempos, porque nos faltan las ganas, de querer y de esforzarnos, para que las cosas vayan hacia delante. Qué lata. ¿Para qué? Hay tanto, todo tan cerca, tantas posibilidades… ¿quién dice que no pueda ser mejor con otr@?¿tengo que desvivirme por esto? Y entonces se tira la toalla, o más bien se deja, con fastidio pero sin mucho pesar, en menos de lo que tarda el reloj de la BlackBerry en desaparecer habremos encontrado dónde empezar de nuevo; la ilusión en este nuevo mundo es inagotable, aunque insuficiente, tan vaga como persistente en reaparecer.

Y no sé qué pasará, pero al final, como dice mi señora madre, quizá solo nos vayan a quedar álbumes—para las generaciones actuales y venideras marcos digitales, DVDs, books en las redes sociales…—llenos de fotos de viejos conocidos que ya ni se dirigen la palabra cuando antes se comían con los ojos, porque, simple y llanamente, ya no sabemos ni querer y, lo que es peor, no nos parece importante aprenderlo.